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Tierra de promesas

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Por no decir «tierra prometida» y herir a alguien.

No hablo de China y la ruta de la seda, porque para eso ya habrán leído y escuchado a muches la semana pasada.

Tampoco hablo de ese «lugar en el mundo» en que cada quien encuentra su pequeño paraíso.

Hablamos de Barcelona, la tierra de las promesas, de los sueños, de las ilusiones… que algunas se concretarán -aunque sea una década o más después- y otras quedarán en el mundo intangible de lo irreal.

El problema de tener memoria es que ya escuché muchas veces que tal o cual tecnología aseguraba la conectividad total, que tal o cual tecnología iba a permitir «llegar a lugares remotos».

La «hiperconectividad prometida» no es nueva. Desde el «vieja, sabés de dónde estoy llamando», en adelante, todas las promesas de las telecomunicaciones no llegaron a cumplir en un 100% lo que su marketing anunciaba.

Debería viajar en el tiempo a mediados de los 90 para revivir el discurso de Nelson Madela, en el que planteó por primera vez la brecha entre «infocomunicados» y «no infocomunicados».

Y no sólo hablaba de acceso, de tener cerca, de poder llegar a un dispositivo que te permitiera una comunicación.

Hablaba de info, informática, del uso de los dispositivos, de personas capacitadas en el uso de los dispositivos.

En aquella época, tener el teléfono público a menos de 200 metros ya era un logro. Y saber usar una computadora no era un requisito excluyente para un empleo.

Las tecnologías siempre estuvieron y tuvieron el potencial de llegar a todes, de extenderse sin distinción de clases, ni poder adquisitivo, ni siquiera de geografías.

Y sin embargo, no lo lograron. ¿Por qué? Porque la rentabilidad y la política son relevantes en este mundo occidental en el que vivimos.

No critico ni juzgo, describo.

Una vez más, como en cada pico expansivo de este mercado, aparece la frase «no es rentable», no se llega allá porque «no hay demanda».

Y no se olviden de la remanida: «que el Estado llegue dónde no llegan las privadas».

El/los mismo/s Estado/s que concesionó o privatizó esos servicios que hoy reconocen esenciales y públicos. En un círculo de responsabilidades.

¿Podría hacerlo mejor el Estado, que los privados? Incomprobable. Ni los gobiernos  ni los servicios a prestar son los mismos que en la era pre-privatización. Hay que trabajar con el presente, con lo que hay.

Y en el presente, aún con la segmentación en el horizonte, las privadas saben que las telecomunicaciones han salido de la agenda inmediata del Gobierno, siempre y cuando no generen algún ruido con cambios de personas en gestiones tan relevantes como la de Arsat.

De ahí, para arriba.

Y como es febrero y varies preparan las valijas… les dejo hasta la semana que viene.